En memoria de todos ellos

6 Junio 08 - Sección "General"
Parece que hasta el cielo nos quiere acompañar en este dia de recuerdos. El sol intenta abrirse paso entre una espesa capa de nubes y las primeras gotas de lluvia, como si el cielo llorara, golpean el frio suelo.

Hace unos días nos despedimos de ella. Han sido seis años junto a nosotros, en los que recibió todo nuestro amor y cariño, pero ella nos dió mucho más.  

Aquel 21 de Abril de 2002 hacía mucho calor. Nos llamó la Guardia Civil. Me recogió en mi casa, pues yo no conocía la zona y en el coche oficial nos trasladamos hasta el pueblo. Una gran multitud de gente, sobre todo mujeres y niños dificultaba nuestra entrada a la calle. Poco a poco abrieron un hueco y allí la ví, quieta en medio de la calle, rodeada de gente. Su cabeza  ensangrentada, llena de arañazos y un trozo de cuerda que le atravesaba la cara y cuello aprisionando éste y formando un gran bulto alrededor de su garganta. Nadie se movía. Una señora la había encontrado y avisó a la Guardia Civil, pero hasta los guardias tenían miedo de acercarse  por miedo a que les mordiera.

Bajé rápidamente del coche. Lentamente, pero a grandes pasos me acerqué a ella, me agaché, comencé a hablarle suavemente y acaricié su hocico. La expresión de su cara cambió. Noté que respiraba con dificultad, por lo que inmediatamente deslicé el nudo corredizo que aprisionaba su cuello, pero le costaba respirar. Sin dudarlo y a pesar de su tamaño, pasé mi brazo por su cuerpo, la alcé y nos dirigimos al coche. Según caminaba pude oir como los guardias preguntaban si alguien sabía de quién era esa galga. Todos callaron. Claro que lo sabían, pero aquí como en muchos otros pueblos, impera la “ley del silencio”.

Debíamos darnos prisa, su respiración era cada vez más dificultosa. Los guardias conectaron la sirena y a toda velocidad por la autopista nos dirigimos a la clínica veterinaria. Alli todo el mundo estaba avisado y nos esperaban. No sabía si llegaríamos a tiempo. Agachada junto a ella, apenas un soplo era lo que sentía salir de su boca. Al fin llegamos y rápidamente Jose Ramón intentó intubarla. Imposible. Tomó otro tubo más estrecho. Tampoco. Otro aún más pequeño. Nada. Al fin un minúsculo y estrecho tubo, el habitual para un yorkshire, fue el único que pudo entrar por su garganta. El bulto se hacía cada vez más grande y su corazón palpitaba con fuerza. Fueron minutos que a nosotros se nos hicieron eternos. No sé cuanto tiempo pasó hasta que lograron estabilizarla. Sólo sé, que Marisa y yo nos mirábamos, en silencio, pero nuestros corazones y nuestros ojos ardían de indignación, dolor e impotencia. ¿¡¿ Cuándo acabaría esta barbarie ?!?  ¡¡ Malditos cazadores, malditos españoles crueles y sanguinarios !!

Después de varios dias, comenzaron a diagnosticarse los daños que había sufrido: Pérdida de la visión de un ojo, lesiones en su corazón y yo sentí lo que nadie vió: Un año junto a mí, en los que era incapaz de conciliar el sueño. Tan pronto caía rendida y quería dormir, comenzaba a estremecerse y gemir, hasta que se despertaba. Así día tras día, noche tras noche. Sólo sentir mi cuerpo junto al suyo y mi mano acariciándola le hicieron comenzar a relajarse. Abría los ojos, me miraba y volvía a cerrarlos. ¡¡ Cómo podré jamás olvidarla !!

Cuando murió, mi marido, llorando, me miraba preguntándose cómo yo, impasible, observaba su cuerpo sin derramar una sola lágrima por ella. Sólo después de varios días ha sido capaz de hacerme la pregunta. ¿ Es qué vivir tantos años viendo día a día tanto sufrimiento de los pobres animales, te ha endurecido ya el corazón y no eres capaz de llorar por quién tanto te ha dado?

No, le contesté. Ella nos dio mucho y nosotros a ella todo lo que pudimos, pero mis lágrimas son para aquéllos a los que nada o casi nada puedo dar y tanto me dan a mí, día a día. Mi corazón se rompe y mis ojos lloran cuando muere un perro de Las Nieves, sin conocer lo que significa un hogar. Nosotros intentamos darles todo el cariño que podemos, pero son muchos y necesitaríamos más tiempo del que disponemos para abrazarles, hacerles caricias. Necesitan una familia.

Cuando veo perros viejitos, a los que no les quedan muchos años y tienen pocas posibilidades de adopción, pues la mayoría de las personas los prefieren jóvenes, entonces lloro. Su tiempo se acaba.

Cuando veo tantos y tantos perros, pienso: ¿A cuál hacer una foto? ¿Por qué éste y no aquél? Entonces lloro.

En memoria de todos aquellos por los que lloré y en memoria de mi Loli.